Eran casi las 5 de la tarde cuando Armida Lizet Cárdenas, estudiante
de secundaria de 14 años, y dos amigas salieron de la biblioteca pública
de la Casa de la Cultura, en Guadalajara, adonde habían ido a hacer un
trabajo escolar. Armida se dirigió a uno de los dos teléfonos públicos
que había frente a la biblioteca para llamar a un amigo. Debajo del aparato
estaba una billetera negra.
Dentro de ésta había 350 pesos en efectivo: dos billetes de 100 y tres
de 50. Armida les mostró la cartera a sus amigas, que soltaron unas risitas
de gusto y le propusieron que se quedara con 150 y compartiera con ellas
los 200 restantes. Pero ella se imaginó al pobre hombre que había perdido
la billetera. Esto podría pasarme a mí, pensó. Y me gustaría que la persona
que encontrara mi cartera me la devolviera. Telefoneó de inmediato para
entregarla. Una lánguida tarde de domingo, en Guasave, Sinaloa, un hombre
espigado de unos 28 años, vestido con pantalón negro y camiseta de rayas
blancas y verdes, realiza una operación en uno de los cajeros automáticos
ubicados en la esquina de Ignacio Ramírez y 16 de Septiembre. Aunque no
la ve, allí hay una cartera olvidada por otra persona.
En el momento en que va a salir, un hombre moreno que lleva pants negros
y camiseta entra y ve la billetera. La abre y se vuelve rápidamente hacia
el hombre que se va. Tras intercambiar algunas palabras con él, se la
entrega. El de la camiseta de rayas sale muy sonriente y se sube a un
coche grande y viejo, de color gris, donde lo esperan unos amigos. Al
parecer, les cuenta de lo afortunado que es porque todos se echan a reír
cuando el auto arranca.
Cuando el "dueño" de la cartera llega corriendo el hombre de los pants
le dice: --¡Se llevó la cartera! Le pregunté qué tenía y si había algún
nombre anotado. No me dijo nada, pero se quedó con ella de todas formas.
Hasta me dio 50 pesos. Había mucha lana en la cartera. Si no era de él,
ya la hizo.
Las billeteras halladas por estas personas son algunas de las que un
grupo de redactores de Selecciones "perdió" a lo largo y ancho de México.
En cada una incluimos una tarjeta de identificación con número de teléfono
local y celular, una foto familiar, una estampa religiosa, una tarjeta
telefónica y 350 pesos en efectivo.
Nos deshicimos de 120 carteras: diez en cada una de tres megalópolis,
tres grandes ciudades, tres ciudades medianas y tres poblaciones pequeñas.
Las dejamos en centros comerciales, restaurantes, edificios públicos,
casetas telefónicas, cajeros automáticos y en las aceras. Luego nos pusimos
a ver qué sucedía.
No se trataba de un estudio científico riguroso, sino de una prueba de
integridad de la vida real. ¿Devolverían más carteras los habitantes de
las poblaciones pequeñas que los de las grandes ciudades? ¿Más la gente
mayor que los jóvenes? ¿Más las mujeres que los hombres? Cada billetera
nos contó una historia como las anteriores, ya fuera de robo descarado,
de una lucha por vencer la tentación o de una alentadora afirmación de
honradez. He aquí lo que descubrimos.
Megalópolis
La zona metropolitana de la Ciudad de México es un extenso monstruo con
cerca de 18 millones de habitantes, calles atestadas de tránsito, un aire
muy contaminado y, a juzgar por los resultados de nuestra prueba, gente
que no tiene empacho en quedarse con una cartera que fácilmente podría
devolver a su dueño. Recuperamos sólo una de las diez.
El Centro Comercial Santa Fe se encuentra en uno de los desarrollos urbanos
más recientes y espectaculares de la capital, donde lujosas oficinas se
disputan la atención con exclusivos condominios y residencias. A eso de
las 4:30 de la tarde, un hombre de entre 60 y 65 años, vestido con un
elegante traje negro, y una mujer de unos 50 recorrían el tercer piso
del centro comercial tomados de la mano cuando el hombre vio una cartera
frente a una tienda de vestidos. Tras recogerla, se la metió con aire
indiferente en el bolsillo de la camisa y la pareja siguió caminando hasta
llegar al patio de alimentos, donde disfrutaron de un helado. Acaramelados
como tórtolos, parecía que lo último que ocupaba su mente era la billetera.
Jamás se molestaron en contactarnos.
Quien salvó el honor de la Ciudad de México fue María Luisa Calderón,
de 33 años, mesera del café Snob, en Polanco. Encontró nuestra cartera
junto a una de las mesas exteriores y se la dio a la encargada del café,
quien nos llamó en seguida.
María Luisa no lleva una vida fácil. Todos los días se pasa tres horas
transportándose en microbús y metro de su casa al trabajo y de regreso
a casa. Labora de las 8 de la mañana a las 3 de la tarde. Separada de
su marido, vive con su madre y mantiene a su hija de 15 años. Aunque los
350 pesos le habrían caído bien (su sueldo semanal es menor), nunca pensó
en quedarse con el dinero. "Sabía que la cartera tenía dueño", dice sencillamente.
A Guadalajara, la Perla de Occidente, no le fue mucho mejor que a la
Ciudad de México. Sólo Armida Lizet nos devolvió la cartera. Caso típico
fue el de una mujer que encontró nuestra billetera en la avenida Patria,
frente al bar London. Vestida con sudadera, pantalón de mezclilla y tenis
blancos, y con una mochila a la espalda, recogió la cartera, examinó su
contenido, se deslizó la mochila al frente y metió la billetera en un
compartimiento, todo esto sin perder el paso. Jamás se volvió para ver
si alguien la observaba, ni manifestó duda en quedarse con el objeto ajeno.
En Monterrey, José Luis López, de 36 años, vio nuestra billetera sobre
una silla en la cafetería del Museo de Arte Contemporáneo, y la entregó
a la cajera sin siquiera ver qué contenía. Pidió que vocearan al dueño,
pero como no funcionaba el altavoz, acabó por telefonearnos él mismo esa
noche.
"Mis padres me enseñaron a respetar las cosas de los demás", nos dijo.
"No sabía cuánto dinero tenía, pero como había un número telefónico, decidí
llamar".
A ocho de diez regiomontanos, en cambio, no les preocupó quedarse con
dinero ajeno.
Nuestros redactores, en un alarde de ironía fina, dejaron una cartera
sobre una banca en la explanada principal del prestigioso Instituto Tecnológico
y de Estudios Superiores de Monterrey, cerca de una placa inscrita con
palabras del empresario y filántropo Adolfo Prieto: "Todo el oro del mundo
no significa nada. Lo que perdura son las buenas acciones que hacemos
para nuestros semejantes".
Una pareja de quizá 40 años --al parecer empleados administrativos del
instituto-- la recogió y estuvo un rato revisando su contenido, como si
no supieran qué convenía hacer. Luego se dirigieron a la Facultad de Administración
y Humanidades y entraron en un aula del segundo piso. No volvimos a verlos.
Grandes ciudades
Tijuana ha hecho grandes avances en su afán de limpiar su imagen de ciudad
del vicio. La bulliciosa población tiene el mayor número de cruces fronterizos
en el mundo y una pujante economía basada en el turismo y la industria
maquiladora. Bonnie Stock, de 27 años, era una de los miles de estadounidenses
que cruzaron la frontera para ir de compras a Tijuana un martes de febrero
pasado. Halló una de nuestras carteras en la terminal de autobuses Border
Shuttle y la llevó a la taquilla.
Fue nuestra foto de dos niñas, de ocho y dos años, lo que conmovió a
Bonnie, quien por esas fechas trabajaba para una revista en Atlanta, Georgia.
"Pensé: ¡Qué terrible! Alguien perdió su cartera y tiene la foto de unas
niñas. Yo perdí la mía una vez y fue una sensación espantosa". Nos deseó
buena suerte con nuestra prueba y vaticinó que muchas personas devolverían
las billeteras.
Eso hizo un tijuanense de pelo oscuro, de unos 30 años, que vestía un
pantalón de pana verde, chaleco de mezclilla y camisa caqui. Poco después
de las 10 de la mañana entró en el cajero automático de Bancomer ubicado
en la esquina del Bulevar Gustavo Díaz Ordaz y la Avenida Tecoripa, donde
encontró una de nuestras carteras. En seguida entró en la sucursal anexa,
esperó turno y entregó la cartera a uno de los ejecutivos del banco. Cuando
salió, se alejó en una camioneta pickup blanca que llevaba la palabra
"Botello" pintada en la portezuela.
Pese a ser la ciudad más grande del sureste, en Mérida la vida aún se
vive sin prisas. María de los ángeles García, de 28 años, acompañaba al
grupo de kínder de su hijo a una visita al zoológico del Parque Centenario
cuando divisó nuestra billetera en uno de los andadores. Después de tratar
de averiguar si pertenecía a alguno de los concurrentes, decidió telefonear.
"Es cuestión de ponerse en los zapatos de la otra persona", nos dijo.
"Si yo perdiera mi cartera y tuviera en ella una identificación, esperaría
que quien la encontrara hiciera un esfuerzo por localizarme y devolvérmela".
Tres jóvenes que caminaban frente al Teatro Peón Contreras un viernes
por la noche vieron nuestra billetera en la escalinata. Uno de ellos --de
pelo castaño claro, tenis y camiseta deportiva-- la levantó y se la mostró
a los otros. Vieron lo que contenía y comenzaron a bromear, como si festejaran
el hallazgo. Nos imaginamos que no iban a comunicarse con nosotros...
y así sucedió.
En el centro comercial Plaza Acuario, de Veracruz, nuestra prueba causó
cierto revuelo. Una mujer de unos 40 años, que llevaba lentes y una falda
de mezclilla larga, vio nuestra cartera sobre una banca y se acercó con
recelo. Sin tocarla ni apartar la vista de ella, avisó de su hallazgo
a un guardia; éste la tomó y mostró el contenido a las personas que se
acercaron a ver. Otra mujer dijo que recordaba haber visto a un joven
sentado allí y que quizá era el dueño. El guardia colocó la cartera sobre
el plano de ubicación de locales del centro comercial por si alguien la
reclamaba. Al cabo de un rato fue a dejarla a la administración. Finalmente
nos llamaron por teléfono y la recuperamos.
En el famoso café La Parroquia, un mesero recogió nuestra cartera del
piso, entre dos mesas. Sin ver qué contenía, se la dio a un hombre de
pantalón de mezclilla y camisa azul de manga corta, quien a su vez la
entregó a una mujer robusta que atendía la caja. ésta sólo la miró y la
guardó en un cajón. Ninguno de los dos se comunicó con nosotros.
Ciudades medianas
Pocas cosas parecen ordinarias en San Cristóbal de las Casas, Chiapas.
Muchos extranjeros comparten las calles con indígenas de distintos grupos
étnicos.
La plaza donde se ubica el Templo y Ex Convento de Santo Domingo es un
importante sitio de reunión para los indígenas, que acuden allí a vender
artesanías. Fue en la acera de una calle que desemboca en esa plaza donde
un hombre con pantalón beige y camisa de cuadros encontró nuestra cartera.
Tras revisar su contenido, se la metió en un bolsillo y se encaminó a
un puesto, donde se puso a charlar animadamente con otro hombre en una
mezcla de español y una lengua indígena. No nos llamó.
En la tienda Soriana de Ciudad Delicias, Chihuahua, Rosario Gómez de
Anguiano, de 39 años, halló una billetera en el pasillo de alimentos enlatados
y pastas. Luego de ver lo que contenía, la llevó al mostrador de atención
a clientes y esperó 20 minutos hasta que uno de nuestros redactores llegó
a reclamarla. "Me pareció que era lo correcto", dijo cuando la entrevistamos.
Cuando inquirimos por qué había aguardado hasta que apareció el dueño,
contestó riendo: "Quería ver la cara de gusto que pondría".
María Estela Muela de Ornelas, de 43 años, entró una tarde a la Iglesia
de Nuestra Señora de Fátima a pedirle a Dios por un negocio. Encontró
nuestra cartera en la entrada del templo. Después de orar, regresó a casa
y nos telefoneó.
Mujer de firmes convicciones religiosas, Estela es catequista y recordó
uno de los mandamientos: no robarás. "Si la billetera no hubiera tenido
una identificación", nos dijo, "habría donado el dinero a un asilo o a
una obra de caridad".
En Fresnillo, Zacatecas, varias personas pasaron frente a la tienda Coppel
Madero, en los portales al sur de la plaza principal, sin ver la cartera
que dejamos allí. Una joven la recogió y la llevó al mostrador de paquetería
de la tienda. María Elena Maldonado, de 24 años, tenía prisa porque estaba
haciendo una encuesta para el Instituto Nacional de Estadística, Geografía
e Informática, pero se detuvo un momento para decirnos que cuando vio
el dinero y la foto de las niñas, pensó que el dueño echaría de menos
su cartera.
Unos cinco minutos más tarde, nuestro redactor entró en la tienda y preguntó
si habían devuelto una cartera. Lo enviaron a Servicio a Clientes, donde
recuperamos la billetera... pero sin los 350 pesos.
Poblaciones pequeñas
Heidy camacho, una linda joven de 23 años y ojos negros, acababa de salir
de una misa de 15 años en la Iglesia de Nuestra Señora de los Milagros,
en Guasave, Sinaloa, cuando dos chicas de 13 o 14 años le mostraron una
cartera que habían encontrado cerca de una de las entradas. Heidy la abrió,
vio la tarjeta de identificación y empezó a indagar entre los presentes
si le pertenecía a alguno. Como nadie la reclamó, decidió vocear al dueño.
En eso nuestros redactores la abordaron y le explicaron que habíamos perdido
la cartera a propósito. Heidy asiste a misa cada domingo y atribuye sus
valores morales a su educación. "La honradez es algo que aprendí en casa",
nos dijo. "Es fácil para mí devolver algo que no me pertenece. Ni siquiera
me pregunto si debo hacerlo o no".
Fuimos testigos de un curioso dilema en el cruce del Bulevar Central,
la principal vía de Guasave, y la calle Luis G. De la Torre, donde dejamos
una cartera en la acera, frente a una gasolinera. La encontró una anciana
vestida con un saco gris y un chal negro. En vez de recogerla de inmediato,
dio varias vueltas alrededor de ella, se alejó unos pasos y luego se acercó
de nuevo, no sin cerciorarse de que nadie la observaba. Cuando por fin
se animó a tomar la cartera, la abrió, vio el contenido y se la puso bajo
el brazo. Minutos después, se subió a un autobús y desapareció.
Cuando hablamos con Sandra Verónica Soriano, residente de Huajuapan de
León, Oaxaca, lamentó la pérdida de valores en el mundo de hoy. Unos ladrones
saquearon su casa hace un año y medio. "Es triste perder cosas que adquirimos
con tanto esfuerzo", nos dijo. Vio nuestra cartera junto a una columna
cerca de la fuente que hay en el patio interior del palacio municipal,
adonde había ido a hacer un trámite. Sin averiguar siquiera qué contenía,
la llevó a la Oficina de Desarrollo Urbano. La recuperamos al cabo de
20 minutos.
Sandra, de 25 años, tiene tres hijos cuyas edades van de siete a dos
años. Aunque su marido le envía algo de dinero cada 15 días, apenas lo
ha visto desde que se fue a Estados Unidos a trabajar en el campo.
Otra familia joven halló una de nuestras carteras en una jardinera en
la plaza de la catedral de Huajuapan. Los padres, ambos de unos 30 años,
cruzaban la plaza con sus hijos --un niño y una niña, de unos ocho y seis
años-- cuando el chico vio la cartera y se la dio a su padre. éste se
la guardó en el pantalón y siguieron caminando hasta un puesto de frutas.
Allí compraron mameyes con su propio dinero. No se comunicaron con nosotros.
Rafaela Andrade, de 51 años, vive con su esposo, que es albañil, y dos
de sus seis hijos en una modesta casa en San Miguel de Allende. Volvía
de hacer un mandado, a eso del mediodía, cuando encontró nuestra billetera
en la acera de la calle Pila Seca. En cuanto llegó a casa, le pidió a
su hija María de los ángeles que viera si había un teléfono o un domicilio.
Rafaela cuenta que sus padres fueron muy estrictos respecto a enseñar
a sus hijos a no quedarse con un bien ajeno. Y agrega: "Le dije a mi hija
que si no encontrábamos al dueño, anunciaríamos por la estación de radio
que habíamos hallado una cartera".
San Miguel es un refugio para los estadounidenses, así que no nos extrañó
que nuestros vecinos del norte encontraran tres de las seis carteras devueltas.
Howard Fox, de 59 años, nativo de Nueva York, halló una de ellas cuando
atravesaba el pasaje de la Plaza Colonial. Fox acostumbra pasar el invierno
en San Miguel; al día siguiente volvería a su ciudad. Nos llamó en cuanto
regresó a casa. "Sabía que no me sentiría bien si me quedaba con ella",
nos explicó. "Todos los días habría recordado que no la había devuelto.
Habría sido una carga para mí".
Los resultados
De 120 billeteras, nos devolvieron 25: 21 por ciento. San Miguel de Allende,
la única población con resultado positivo, se ganó a pulso el título de
ciudad más honrada: recuperamos intactas seis de las diez carteras. El
peor resultado --ninguna devuelta-- correspondió a San Cristóbal de las
Casas.
Las mujeres quedaron mejor que los varones. De las 50 que recogieron
carteras, 19 las devolvieron con el dinero: 38 por ciento. De los 70 hombres
que hallaron una, 6 las entregaron intactas: 8 por ciento.
¿Son las poblaciones pequeñas depositarias de virtudes? En ellas los
resultados variaron. Los de San Miguel de Allende fueron alentadores;
los de Guasave y Huajuapan de León, decepcionantes: dos y una carteras
devueltas, respectivamente. Como grupo, las ciudades grandes obtuvieron
casi la misma puntuación que las poblaciones pequeñas: ocho y nueve billeteras
recuperadas. Las megalópolis y las ciudades medianas empataron en tercer
lugar con cuatro carteras devueltas.
Un resultado imprevisto fueron las cuatro carteras --una en Tijuana y
tres en San Miguel de Allende-- encontradas por norteamericanos: todas
fueron devueltas.
En cuanto a edad, hubo una tendencia clara: a mayor edad de las personas,
mayor probabilidad de que actuaran correctamente. Aunque nuestras categorías
podrían considerarse arbitrarias, sirven como indicador para fines estadísticos.
Los menores de 26 años y los del grupo de entre 26 y 35 tuvieron 18 y
14 por ciento de devoluciones, respectivamente. Los más honrados fueron
los de 46 a 55 años, con 50 por ciento de carteras devueltas; los de 36
a 45 años y los de 56 o más mostraron porcentajes de devolución casi idénticos:
26 y 27.
¿Qué revelan estos resultados? Sin duda, es una pregunta que corresponde
contestar más a los sociólogos, antropólogos y psicólogos. Con todo, en
las entrevistas nos pareció evidente una conclusión: las personas que
devolvieron las carteras demostraron que se estaban poniendo en los zapatos
del prójimo. Tal vez esto ayude a explicar por qué las mujeres, consideradas
más empáticas por naturaleza, devolvieron muchas más billeteras que los
hombres. Por el contrario, quienes se quedaron con las carteras dieron
la impresión de que veían el hallazgo como una señal de su buena suerte,
más que del infortunio de otro. Al menos dos personas que recogieron billeteras
se santiguaron con ellas antes de guardárselas, como si agradecieran al
Creador haberlas elegido.
Esta prueba dejó algo en claro: nuestros valores morales quedan fijados
a muy temprana edad por el ejemplo de nuestros mayores. Casi todos los
que devolvieron las carteras dijeron que su deseo de hacer lo correcto
les fue inculcado por sus padres. Algunos citaron sus principios religiosos.
"Los diez mandamientos nos dicen 'Si haces esto, serás bendecido'", explicó
Eunice Hundley, de 62 años, en San Miguel. "Lo que damos a los demás nos
será devuelto". Otros mencionaron su reputación como motivo de su buen
proceder. Tal fue el caso de Blanca Andrea Ordaz, de 40 años, oriunda
de Ciudad Delicias: "Vale más ser honrado que oír a otros decir 'Allí
va un ratero'".
¿Hasta qué grado la corrupción en gran escala que sufrimos nos ha vuelto
insensibles a las faltas de ética cotidianas? Cuando hay banqueros que
cometen impunemente fraudes multimillonarios y políticos que abusan cínicamente
del poder, resulta casi trivial condenar a una persona por quedarse con
350 pesos. Pero quizá fue precisamente este razonamiento el que nos metió
en problemas. ¿No será que ahora nos estamos ahogando en una corrupción
atroz porque no tuvimos la fuerza moral de poner un límite a nuestras
propias faltas?
Fue alentador, no obstante, constatar que las personas todavía tienen
conciencia. Las miradas furtivas y los intentos por disimular que observamos
en quienes se proponían quedarse con el dinero indican que sabían que
estaban obrando mal.
Que el sentido del bien y el mal prospere o se marchite en nuestra sociedad
dependerá de que, día tras día, pongamos ejemplos de integridad con nuestros
actos. Nuestra experiencia a lo largo y ancho del país sugiere que tenemos
aún un largo camino por recorrer.