Usted va caminando, sumido en sus pensamientos, cuando de repente ve
una billetera en el suelo. La recoge. Adentro hay fotos, una o dos credenciales
de identificación, y también un fajo de billetes. Surge el dilema. ¿Hace
lo correcto? ¿O bien...?
Reader's Digest se propuso descubrir qué haría la gente frente a esta
situación, a lo largo y ancho del planeta. Primero en grandes ciudades
y pequeñas poblaciones de Estados Unidos; luego en Europa, Asia, Canadá,
Australia, Nueva Zelandia y América Latina, los redactores de la revista
pusimos la tentación en el camino de confiadas personas. En todo el mundo
"perdimos" más de 1100 billeteras para ver cuántas serían devueltas. Cada
una contenía hasta 50 dólares en moneda local, junto con un nombre y un
número telefónico para que quien la hallara no tuviera problemas al devolverla...
suponiendo que quisiera hacerlo. Dejamos las billeteras en aceras y cabinas
telefónicas, frente a edificios de oficinas, tiendas de descuento e iglesias,
en estacionamientos y restaurantes. Luego nos sentamos a cierta distancia
a observar.
Los resultados fueron fascinantes.
En total, 44 por ciento de las billeteras fueron tomadas para nunca volver
a ser vistas. No obstante, de un país a otro los resultados variaron ampliamente.
La medalla de oro a la honestidad corresponde a Noruega y Dinamarca, donde
absolutamente todas las billeteras fueron devueltas (¿acaso se molestan
los ciudadanos de ambos países en echarle cerrojo a la puerta?). Las naciones
escandinavas, en general, hicieron avergonzar al resto del mundo, al igual
que Nueva Zelandia y un par de países asiáticos: Corea del Sur y Japón.
En cuanto a México... mala suerte si uno extravía su billetera. De cien
billeteras "perdidas" en ese país, sólo 21 regresaron a sus dueños.
¿Qué dice todo esto del carácter humano? Mucho, por lo menos con respecto
a quienes se ganaron el halo de la santidad. En cada lugar conversamos
con las personas que devolvieron las billeteras para descubrir sus motivaciones.
A lo largo y ancho del mundo, a pesar de la diversidad de diversas culturas,
todo se redujo a unas cuantas respuestas comunes.
Lo aprendieron en casa
En Weimar, Alemania, la población no se distingue por ser un parangón
de la virtud: ocho de cada diez billeteras que dejamos abandonadas desaparecieron.
Sin embargo, una fue descubierta por Jacqueline Geier, de ocho años, mientras
paseaba en bicicleta. Cuando le mostró el hallazgo a su madre, Ingrid,
las dos decidieron de inmediato que no podían quedarse con algo que no
era suyo. "En mi infancia atravesamos tiempos difíciles y necesitábamos
hasta el último centavo", explicó Ingrid. "Pero mis padres eran muy honestos,
y he tratado de criar así a mis tres hijos".
Mary, una niña con vestido floreado rosa, encontró una billetera en una
banca de un parque de diversiones de Seattle. Se la llevó corriendo a
su padre, Yong Cha, quien se la regresó enseguida. "Debes darle esto a
alguien que pueda ayudarte a encontrar a su propietario", dijo él. La
niña de nueve años tomó de la mano a su padre y ambos se dirigieron a
las oficinas del parque. "La honestidad es lo más importante que debe
inculcársele a un niño", dijo Cha.
Pero si el poder del ejemplo es importante, ¿qué conclusión sacar de
los siguientes casos? En la distinguida ciudad vacacional de Lausana,
en Suiza, una mujer elegantemente vestida, con capa y zapatos de tacón
de aguja, caminaba de la mano de su hija. Se inclinó para tomar la billetera.
Mientras la niña la miraba en silencio, se embolsó su hallazgo. Nunca
volvimos a saber de ella.
Otra billetera fue descubierta por un niño que estaba de compras con
su madre y su hermana en Chiang Mai, Tailandia. La mamá se guardó rápidamente
la billetera en sus holgados pantalones, tomó a sus hijos y subió de inmediato
a un autobús. Y también estuvo el caso de una mujer que estacionó su auto
cerca de la entrada al Palacio Fulham, que en el pasado fue la residencia
de los obispos de Londres. Su hijo bajó de un brinco del vehículo y recogió
la billetera. De regreso en el auto, la mujer la revisó atentamente antes
de entrar por las puertas del palacio. Tampoco se puso en contacto con
nosotros.
Cuestión de fe
Zulhijah Binti Sahar, una joven de 20 años que atiende un puesto de frutas
en Kajang, Malasia, no estaba precisamente haciéndose rica, pero no vaciló
ni por un instante. "Como soy musulmana, tengo conciencia de la tentación
y de que debo resistirla", comentó.
Al igual que Sahar, muchos de quienes nos devolvieron las billeteras
mencionaron sus creencias religiosas. En el vestíbulo del Hospital en
Memoria de Chang Gung, en Taipei, dejamos una billetera sobre un teléfono
público. H. C. Chiu la encontró y la llevó de inmediato a la mesa de recepción.
"Es mi deber hacer buenas obras", dijo Chiu, que es un budista devoto.
Lena Kruchinina, institutriz que vive en la ciudad rusa de Vladimir,
se atuvo a uno de los Diez Mandamientos cuando encontró una billetera
tirada en el piso de una farmacia. Después de entregársela al farmacéutico,
nos explicó: "Hace unos años me la habría quedado, pero he cambiado por
completo. Como dice el Decálogo: 'No robarás". Esto no quiere decir que
la gente de dedos pegajosos carezca necesariamente de religión. En México,
por lo menos dos católicos aparentemente devotos que se guardaron las
billeteras se persignaron después de recogerlas y revisar su interior.
Seguramente pensaron que el dinero era un regalo del cielo.
Puede pasarle a usted
Una y otra vez, en todo el mundo, las personas a quienes parecía que
podría caerles muy bien 50 dólares solían devolver el dinero, mientras
que muchos de apariencia acomodada se lo guardaban y desaparecían.
Consideremos el caso de Frasher Hajzeraj, un albanés que escapó de la
guerra de Kosovo y trabajaba de camarero en un restaurante suizo. Después
de entregarnos la billetera, expresó: "Trabajo todo el día y sé lo arduo
que es ganar esta suma".
De hecho, quienes habían sobrevivido a tiempos difíciles parecían responder
más frecuentemente con comprensión y una honestidad piadosa. Por ejemplo,
cuando encontró una de las billeteras, Shannon Hill era estudiante universitaria
en Greensboro, Carolina del Norte; tenía tres empleos para costearse la
colegiatura, la alimentación y la renta. Su primer pensamiento fue que
sin duda podía hacer buen uso del dinero. Pero luego vio la foto de un
bebé en la billetera y cambió de opinión. Había alguien que lo necesitaba
más.
Varios de los que devolvieron las billeteras recordaban haber perdido
una. Andele Boomsma, un joven con el cabello cortado a lo punk, recogió
una billetera en la ciudad holandesa de Leeuwarden. "De niño perdí la
cartera en un parque de diversiones", contó. "Nunca me la regresaron".
Quiso evitarle a otro pasar por los mismos problemas.
Pero el ejemplo de comprensión más impresionante fue el de Brian Toothill,
un canadiense que encontró una de nuestras billeteras en una cabina telefónica
de Saskatoon. "La cartera estaba tirada debajo del teléfono, y pensé que
quizá pertenecía a una persona discapacitada que estaba en silla de ruedas",
nos dijo. "Esa gente necesita el dinero más que yo, ¿verdad?" Tal vez
no. En ese momento, Brian estaba desempleado y, unos minutos antes de
entregarnos la billetera, había estado buscando botellas y latas que pudieran
reciclarse para conseguir dinero. He ahí un hombre con valores firmes.
Hace un siglo, Oscar Wilde observó que lo único imposible de resistir
es la tentación. Tras haber puesto a prueba este axioma, nos alegra decir
que Wilde probablemente era un hombre demasiado cínico. Bueno, quizá no
tanto, pero el experimento mundial de Reader's Digest comprobó que en
más de la mitad de los casos es posible recuperar una billetera perdida.
Para el resto, las personas que se guardaron el dinero: ustedes tienen
nuestro número telefónico, y nosotros sabemos dónde viven.
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Los más honestos
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Los menos honestos
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Noruega 100%
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Holanda 50%
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Singapur 90%
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Alemania 45%
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Australia 70%
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Rusia 43%
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Japón 70%
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Filipinas 40%
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Estados Unidos 67%
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Italia 35%
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China 30%
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China 30%
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Francia 60%
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México 21%
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Porcentajes mundiales
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Carteras devueltas: 56 %
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Carteras desaparecidas: 44 %
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