Patricia Prattis Jennings, de
63 años, tomó Provigil por primera vez durante un viaje a Europa en 2003.
Su médico le recetó este fármaco --un auxiliar para quitar el sueño sin provocar
nerviosismo-- a fin de contrarrestar el jet lag (fatiga y sopor por
viaje prolongado en avión) que la había agobiado durante 40 años de giras
por el mundo como pianista de la Orquesta Sinfónica de Pittsburgh. Durante
su primera mañana en Suiza tomó media píldora, y el cansancio habitual desapareció
casi al instante. "Me sentí de maravilla todo ese día y varios días después",
afirma.
El fármaco le funcionó tan bien,
que incluso lo compartió con su esposo cuando él se quejó de un mareo.
Matt Parsons, ejecutivo de Midlothian,
Virginia, de 30 años, no podía terminar el día sin sentirse exhausto. Todas
las mañanas despertaba sintiendo que no había dormido bien. A menudo faltaba
al trabajo alegando que estaba enfermo, y cuando se presentaba, rendía muy
poco.
Finalmente le diagnosticaron
un trastorno que le provocaba espasmos musculares y le interrumpía el sueño.
Como los fármacos anticonvulsivos podían acarrearle efectos adversos, su médico
le prescribió Provigil. Una hora después de tomar la primera píldora, recordó
que su sala necesitaba pintura. "Me levanté, hice los preparativos necesarios
y pinté todas las paredes esa tarde", cuenta.
Un abogado californiano no tenía
ninguna razón médica para tomar el fármaco, pero se quejaba de algo muy común.
"Trabajo entre 10 y 14 horas diarias, así que debo sacrificar algo de sueño
para tener vida personal", comentó a un grupo de apoyo por Internet. Ahora
toma Provigil cuatro veces al día. "En la dosis correcta", dijo, "en verdad
hace milagros".
Estas personas no son las únicas
que aclaman los efectos del Provigil. Algunos especialistas en trastornos
del sueño han estado impresionados por el potencial del modafinil --nombre
genérico del fármaco-- desde que la Dirección de Alimentos y Medicinas de Estados
Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) aprobó su uso, en 1998. El Provigil,
fabricado por el laboratorio Cephalon, induce el estado de alerta sin estimular
todo el sistema nervioso, efecto que resulta imposible para sus predecesores,
el Ritalin y las anfetaminas.
"El Provigil actúa sobre una
parte específica del cerebro, el hipotálamo, el cual controla el ciclo vigilia-sueño",
explica Paul Blake, vicepresidente ejecutivo de Cephalon.
Miles de personas sufren un
déficit crónico de sueño. En Estados Unidos, por ejemplo, los adultos menores
de 55 años duermen en promedio 6.7 horas diarias entre semana, según la Fundación
Nacional del Sueño. Esto se debe en parte a que el horario de trabajo de 9
de la mañana a 5 de la tarde se ha vuelto una reliquia del pasado para muchos.
La gente necesita apartar algo de tiempo para estar a solas, con la familia
o con los amigos.
Esto explica el atractivo del
Provigil y de otros fármacos similares que sin duda pronto saldrán a la luz
y que quizá nos permitirán hacer realidad un sueño que antes parecía imposible:
lograr que el día se vuelva más largo. Sin embargo, cabe preguntarnos si esto
no significará abrir un agujero para tapar otro.
Si bien se considera más seguro
y menos adictivo que la generación anterior de estimulantes, el Provigil puede
crear hábito (para conocer la experiencia de una persona, vea el recuadro
"Una semana increíble"). Y como se trata de un medicamento nuevo, existen
pocos estudios de largo plazo sobre sus efectos.
Aunque al principio la FDA aprobó
el Provigil para tratar la narcolepsia (somnolencia diurna excesiva), los
médicos pronto empezaron a prescribirlo para otros trastornos, como la fatiga
asociada con la depresión y la esclerosis múltiple, y las ventas del fármaco
se dispararon: en Estados Unidos, el número de recetas alcanzó 1.7 millones
en 2003. Los investigadores militares lo han usado también para mantener despiertos
a pilotos de helicóptero durante 40 horas seguidas en vuelos simulados.
Pero el Provigil aún se podría
mejorar. Eso piensa el neurobiólogo Dale Edgar, quien, luego de pasar varios
años en el centro de investigación del sueño de la Universidad Stanford, lo
abandonó en 2000 para cofundar la empresa de biotecnología Hypnion. Edgar,
de 48 años, se hizo famoso al descubrir el papel funcional del reloj cerebral
que nos mantiene despiertos. Ese reloj, llamado núcleo supraquiasmático, suena
como una alarma a lo largo del día y se silencia casi por completo en las
horas previas al amanecer. Entre tanto, otro sistema denominado mecanismo
homeostático del sueño registra cuánto tiempo llevamos despiertos y nos produce
somnolencia cuando hemos estado muchas horas fuera de la cama. Edgar descubrió
que el equilibrio entre estos dos sistemas regula nuestro ritmo diario de
vigilia-sueño.
Ahora se propone identificar,
dentro de la compleja química del cerebro, el sitio exacto donde se combinan
los dos mecanismos y luego desarrollar un fármaco que estimule esa química
pero no el resto del sistema nervioso. Su objetivo es obtener un medicamento
más potente y seguro que el Provigil. Esa píldora podría mantener despiertos
a los pilotos en vuelos alrededor del mundo, así como permitir a los socorristas
trabajar toda la noche en sitios de accidentes. Y sin duda resultaría muy
atractiva para los estudiantes universitarios, los profesionales jóvenes y
los padres trabajadores que desean un remedio rápido para mantenerse despiertos.
Ahora bien, ¿es sensato buscar
ese remedio? Hay muchas pruebas de que no dormir lo necesario puede aumentar
el riesgo de contraer diversas enfermedades. "Nuestro organismo está programado
para reparar durante la noche los tejidos dañados por la contaminación, el
estrés y el ambiente de trabajo", explica Michael Smolensky, profesor de fisiología
de la Universidad de Texas. "Privarnos del sueño es jugar con fuego".
Unos investigadores de la Universidad
de Chicago descubrieron que cuando alguien trata de sobrevivir con cuatro
horas de sueño nocturno, ciertos sistemas bioquímicos se desajustan, lo cual
desencadena síntomas de diabetes tipo 2, pérdida de memoria
y envejecimiento prematuro.
Y según un estudio reciente de la Universidad Harvard, las enfermeras que
han trabajado durante 30 años o más en turnos rotatorios nocturnos, privadas
del ritmo de sueño normal, presentan una incidencia de cáncer de mama 36 por
ciento más alta que las que nunca han trabajado en turnos rotatorios.
En vista de todo esto, algunos ven las píldoras que quitan el sueño como
paliativos que mitigan un trastorno pasajero pero pasan por alto e incluso
aumentan riesgos de largo plazo. Lo que es bueno para nuestro estilo de vida,
dicen esos críticos, no siempre es bueno para nuestra salud.
"Si el sueño fuera tan innecesario,
representaría entonces un error mayúsculo de nuestra evolución", afirma Michael
Wincor, profesor de farmacología clínica, psiquiatría y ciencias de la conducta
en la Universidad del Sur de California. "¿Por qué evolucionamos para requerir
siete u ocho horas de sueño nocturno si basta con un agente externo para suprimir
la necesidad de dormir? Me resulta difícil entender esa contradicción".
A los médicos y los éticos también
les preocupa que estos fármacos resulten una tentación irresistible para mucha
gente. "Si una persona tiene la presión de acabar una tarea y existe la posibilidad
de que trabaje varios días seguidos sin descanso, tratará de conseguir las
píldoras, aun ilegalmente", dice la ética Audrey Chapman, quien teme que algunos
trabajadores se sientan apremiados a usar esos fármacos para no rezagarse
respecto a sus colegas. "Una vez que esto se inicie, ¿nos vamos a enfrascar
en una carrera de armas farmacológicas?"
Lo anterior es sólo parte de
lo que inquieta a Thomas Scammel, neurólogo de la Universidad Harvard. "He
conocido a algunos camioneros que, por razones económicas, de estilo de vida
o por simple terquedad, se niegan a dormir lo necesario", señala. "Se empecinan
en conseguir los fármacos, pues alegan que, si no los toman, podrían sufrir
un accidente". El neurólogo afirma que él no receta modafinil para propósitos
como ése, aunque entiende las razones por las cuales otros podrían hacerlo.
Scammel considera que pocos
casos justifican el empleo de fármacos como el Provigil. "Lo que deberíamos
hacer es profundizar nuestro conocimiento de la biología humana, no usar drogas
para remediar hábitos sociales perniciosos", puntualiza.
Dale Edgar tiene una opinión
diferente. Si bien reconoce los riesgos para la salud asociados con la falta
de sueño y admite que medicamentos como el Provigil o el que él está desarrollando
no son apropiados para todos, está convencido de que éstos proporcionan soluciones
reales a problemas actuales. "¿Acaso vamos a renunciar a vivir y trabajar
las 24 horas del día?", se cuestiona. "Jamás. El tren ya ha partido de la
estación y no hay regreso posible".
Al decir de Edgar, nadie necesita
esos fármacos todo el tiempo. Los que pueden beneficiarse con ellos son las
personas a quienes se les prescriben por razones médicas, "las que corren
riesgos por una somnolencia excesiva y las que son responsables de salvaguardar
muchas vidas". Por ejemplo, camioneros que recorren rutas muy largas, pilotos,
socorristas, soldados y empleados de turno nocturno que podrían dormirse tras
el volante mientras conducen de vuelta a casa.
Por otro lado, ¿cuántas personas
tomarán esas píldoras para acabar una tarea urgente, bailar toda la noche
o simplemente para sobrellevar otro día de somnolencia en el trabajo, sin
medir las posibles consecuencias para su salud? Sea cual sea la cifra, Edgar
insiste en que resulta justificado desarrollar fármacos que quiten el sueño
y proporcionen energía. "Podemos salvar vidas", concluye.
Una semana increíble
Por
David Plotz
Como padre de una niña de dos
años, vivía en el sopor constante que produce no dormir bien, así que decidí
probar el Provigil durante una semana. ¿Podría convertir al papá gruñón que
era en uno alegre y lleno de energía? Convencí a mi médico de que me recetara
una provisión para una semana: siete píldoras de 200 miligramos. A continuación
transcribo las anotaciones que hice en un diario:
Día 1, lunes
6:45 a.m. Tras dormir seis horas y media, como de costumbre,
me despierta mi hija.
7 a.m. Abro el frasco. Las píldoras son espantosas. Empiezo
a acobardarme. Jamás he tomado drogas ni anfetaminas. Decido tomar media dosis.
Cuando parto la primera píldora con una navaja, una mitad salta del buró,
se desliza a lo largo del piso y desaparece bajo otro mueble. Me tomo la otra
mitad.
10 a.m. Me encuentro en la oficina. No siento ninguna prisa,
aunque estoy más despierto de lo que esperaba. Estoy increíblemente atento,
pero no con los nervios de punta. Siento muchas ganas de trabajar.
2 p.m. A esta hora normalmente empiezo a agotarme, pero hoy
estoy trabajando al doble de la velocidad habitual. Siento ansias de escribir,
de hacer llamadas telefónicas, de terminar mi cuenta de gastos. Estoy hablando
en voz muy alta y aprisa. Un colega me dice que estoy sonriendo y gesticulando
como un loco.
6 p.m. Me fastidia tener que irme de la oficina cuando todavía
hay tanto trabajo interesante por hacer.
9 p.m. En casa, después de cenar, corro a mi estudio para
seguir trabajando. Es totalmen-te insólito que haga yo esto, sobre todo cuando
en la tele están pasando el partido de futbol de lunes por la noche.
12 a.m. Me gustaría seguir despierto, pero me obligo a ir a
la cama y pronto me duermo. Tengo muchos sueños, lo cual no es común en mí,
y todos tratan sobre mis tareas pendientes.
Día 2, martes
6:30 a.m. Despierto sintiéndome bien; parto en dos otra píldora
y me tomo una mitad.
9 a.m. a 7 p.m. Otra vez trabajo como demonio. Estos dos días han sido
los más productivos que he tenido en años. Una idea para un nuevo eslogan
publicitario del Provigil: "El pequeño gran colaborador de los patrones".
1 a.m. De nuevo permanezco despierto hasta bien entrada la
noche, y pongo furiosa a mi mujer con mi parloteo hasta mucho después de la
hora en que suele acostarse. Cuando por fin me canso, caigo en un sueño profundo.
Día 3, miércoles
7 a.m. Mi estudio clínico de un solo hombre empieza a plantearme
algunas complicaciones. Todo el mundo afirma que el modafinil no es adictivo,
pero despierto preocupado por cuánto durará mi provisión. Cuento las píldoras
y veo que sólo me quedan cinco y media; o sea, las suficientes para 11 días.
Entonces recuerdo que ayer le regalé una muestra a un amigo, lo cual me enfada
porque significa un día menos para mí. Me pongo a partir las píldoras restantes,
preguntándome si podré dividirlas en tercios en vez de en mitades.
Se me ocurre que quizá pueda
hallar otro proveedor. Me conecto a Internet para ver si puedo conseguir modafinil
clandestinamente. Lo encuentro barato en una farmacia de descuento. Me siento
feliz y aliviado, pero luego me horroriza sentirme de esa manera. "¡¿Farmacia
de descuento?!"
7:30 a.m. Decido poner fin a mi experimento porque estoy actuando
como un lunático. Guardo las píldoras restantes en el botiquín. Todavía tengo
11 hermosos días por delante.
En conclusión, me encantó tomar
modafinil durante dos días. Trabajé excepcionalmente duro y bien, pero me
asusta la posibilidad de hacerme adicto al fármaco. Volveré a usarlo en ocasiones
especiales, quizá cuando esté atrasado con algún trabajo. Mientras tanto,
me resignaré a bostezar en la oficina en la mañana y a media tarde.