Una elefanta caminaba silenciosamente hacia ella sobre la tierra húmeda. Lek se maravilló, pero no se asustó, pues un hombre iba montado sobre la enorme cabeza del animal. Dirigió su mirada a la sorprendida chiquilla, y le dijo:
--Es para ti. Se llama Dorada.
Lek caminó hasta donde estaba la elefanta y valientemente le abrazó la trompa. El animal exploró y olfateó la menuda figura de la niña con la punta de su diestro apéndice, pasándoselo sobre la piel. Fue un momento tan fascinante que Lek lo recordaría toda su vida. El abuelo de Lek, sanador y chamán, le había salvado la vida a un muchacho. En señal de gratitud, el padre de éste, uno de los jefes de la tribu Karen, caminó tres días con la elefanta para regalársela a la familia.
--¿Podemos quedarnos con ella? –le suplicó Lek a su abuelo--. Prometo alimentarla y cuidarla.
El abuelo, que la llamaba Monita por su agilidad para trepar los árboles, no pudo negarse.
Todas las mañanas, antes de irse a la escuela, Lek se cercioraba de que hubiera plátanos para Dorada, y corría de regreso a casa a la hora de la comida para alimentarla. El entendimiento entre la elefanta y la niña era notable. En el lapso de unas semanas, Monita ya se trepaba por la trompa de Dorada y se le montaba en la cabeza. Los demás aldeanos pensaban que había algo casi mágico en la comunicación entre la chiquilla y la enorme bestia.
Al ir creciendo, Lek aprendió a persuadir a Dorada a que la ayudara con tareas pequeñas, como transportar arroz o verduras del campo a la aldea. En muchos lugares de Asia, los elefantes son sometidos a phajaan, un ritual de adiestramiento en que los encierran en jaulas, los espolean con púas de madera y los golpean para quebrantar su voluntad. Los mahouts que los cabalgan los pinchan con un garfio filoso de acero, y los azotan si se muestran rebeldes. Pero Lek se ganó la lealtad y la obediencia de Dorada simplemente hablándole y recompensándola con plátanos.
Aunque en algún tiempo fueron reverenciados como íconos religiosos y culturales, los elefantes parecen haber perdido ese privilegio en la Tailandia moderna. Hace un siglo había cerca de 100,000 elefantes en el país; hoy hay quizás entre 5000 y 6000. La enorme mayoría de los 2700 elefantes domesticados de Tailandia trabajan en la industria turística, aunque algunos se usan como medio de transporte y en la agricultura. Según las leyes tailandesas, los elefantes son ganado y no animales salvajes, así que no están protegidos por las reglas de conservación del país y sus dueños pueden hacer con ellos casi lo que les plazca. Los abusos suelen no ser castigados. Hace poco, en estado de ebriedad, el dueño de un elefante mató al animal prendiéndole fuego y nunca fue acusado de delito alguno. Lek tenía alrededor de 15 años cuando vio por primera vez el uso que se daba a estos animales en la tala comercial.
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